La Torre anuncia la destrucción de los viejos métodos. La constatación de lo que es insostenible, de lo que no puede perdurar y de lo que no funciona es inevitable y nos demanda fuerza y energía.
Es la caída fatal de las estructuras existentes. Así como ocurre con la carta de La Muerte y con la de El Diablo, dependerá mucho de cómo la persona lidia con las dificultades que esta carta anuncia.
Aquí, lo que está en juego —y a punto de caer— son las fachadas y performances que creamos para protegernos del mundo, de los demás, de la vida. Así, será necesario dejar ir —o hacer ir— una parte del modus operandi que vivió hasta aquí, una forma de hacer las cosas que ya no puede seguir.
Es interesante preguntarnos en qué punto la máscara que presentamos al mundo nos restringe y nos aprisiona para, recién entonces, operar una ruptura con esas estructuras corroídas por dentro y ya insostenibles. Pero, independientemente de ese ejercicio (y de nuestra voluntad), La Torre se derrumbará, porque algo alcanzó un punto insoportable y ya no puede vivir así.
