«La naturaleza no reconoce reyes». Esa es la máxima fundante de la carta de El Emperador.
Sugiere comprometerse con el desarrollo de una ética propia, deponer la autoridad exterior y construir una más auténtica, que opere en nombre de la autonomía. También propone acción, compromiso para manifestar nuevas ideas en el mundo, inaugurar una nueva ley, más creativa, más genuina, que no se deja seducir por ninguna tiranía.
Esa construcción es un desafío sobre una fuerza revolucionaria de cualquier orden: una nueva forma de plantarse, un proyecto creativo, compromiso político, un nuevo hábito o el necesario abandono de algo.
Es una carta que habla también de implementar ideas y concretarlas en el mundo, construir principios éticos para regir la vida, liberarse de manipulaciones, nutrir una fuerza interior original. Atención al momento en que el autopoder se convierte en una tiranía rígida, arrogancia o ímpetu de controlar a los demás.
Atención también a un idealismo impracticable. Se trata de inaugurar leyes más creativas que dan espacio a lo humano.
El Emperador sugiere un momento orientado a afinar ideales y actitudes. Apunta a un estar auténtico y autónomo, que percibe la obsolescencia y supera lo que está dado.
No reconocer reyes, la autoridad centralizadora que se colocó en la cima, es horizontalizar hacia lo que es silenciado y comprender la existencia como pluriversal. Eso tiene correspondencia, en el nivel externo, con toda la vida «disidente» —pueblos no blancos, mujeres, personas LGBTQIA+, personas con discapacidad, niñas, niños y personas mayores, la Naturaleza.
El Emperador es un momento para derribar lo que obstaculiza el encantar-la-vida.
