La Emperatriz se viste con el símbolo de Venus, fuerza femenina creativa, puente entre tierra y cielo. El agua detrás de ella refuerza su potencia de vida, de marea, de la certeza de los procesos de transformación y de su no linealidad.
En su trono, la Emperatriz está sentada, estable, pero no estancada: observa, continúa, crea: es mayor que sus dificultades. Al lado del trono, las victorias regias (vitórias-régias): plantas nativas asociadas a la grandiosidad y a la nobleza, sagradas en religiones afrobrasileñas, siendo una de las preferidas de las Grandes Madres y asociada a todas las iyabás, pero especialmente a Oxum.
Su nombre en yoruba (òsíbàtá) significa «no se somete». En su reverso (parte que queda en contacto con la superficie del agua) trae una impresionante manifestación de la geometría sagrada.
A los pies de La Emperatriz, los laureles refuerzan el triunfo, el arte y la inmortalidad. El encuentro con La Emperatriz sugiere la necesidad de madurez y creatividad para atravesar momentos de conflicto o una fase agitada de un proyecto, invocando una mirada más realista que posibilite reconocer y actuar en lo que es necesario hacer.
Adentra los dominios del cuerpo como un lugar de seguridad y pertenencia, de cultivar la creatividad resistente y rebelde, contraestadística, madura, disciplinada y victoriosa. Apunta a una sabiduría que reconoce y confía en la experiencia, y apuesta por el cuerpo como canal creativo de desarrollo profundo.
Es el descubrimiento del cuerpo como algo valioso, la comprensión de ser parte de la naturaleza y estar sujeta a sus ciclos, y la apreciación de los sentidos de la existencia. Habla de la importancia de la sabiduría para sortear y administrar el camino y los percances y también para cosechar los frutos y gozar de los laureles.
Representación: Elza Soares
